¡Me duele Murcia!

Versionando a Unamuno: ¡Me duele Murcia!

Me duele, entre tantas otras evidencias, y por ejemplo, el edificio de “Las Torres Gemelas” de las Atalayas, uno de los rascacielos más altos de la Región de Murcia cuya altura le gana incluso algunos metros al hito que hasta ahora dominaba el paisaje de la huerta murciana.

Me duele ver las “Torres Gemelas”, de cerca, cuando voy al mercado de los jueves y paseo por la avenida de la Fama en busca de refulgentes tomates murcianos. Me duele verlo de lejos, cuando entrando a Murcia volviendo de Madrid, de Cartagena, mi querida Cartagena, o de Alicante veo estas dos torres erigirse sobre este fértil valle que es Murcia, acompañando a algunos esqueletos de cemento diseminados aquí y acullá que parecen haber perdido su batalla de ascensión al cielo.

torresgemelasEn el libro seminal El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (Paidós, 1991) el teórico americano Jameson se servía de la arquitectura y de los confusos interiores del hotel Bonaventura de Los Ángeles para describir aquello que llegó tras la modernidad, cuando la historia había llegado a su fin y ya resultaba imposible conocer el origen de nada.

Por eso no supone ningún logro intelectual que al contemplar este edificio, de cerca y de lejos, piense cómo este símbolo del arrebatado esplendor urbanístico de la ciudad de Murcia inaugurado en los estertores del milagro económico español representa de un modo extraordinario la lógica cultural, económica y social de la ciudad en la que vivo. Vaya, tampoco voy a ser muy dura con el hecho de que la modernidad arquitectónica llegue a Murcia 50 años después, no es la única cosa que llega tarde a mi ciudad, aunque las dos cúpulas blancas que coronan cada una de las torres me obnibulen. ¿Será posible que esas dos cúpulas quieran simular las cúpulas de las iglesias modernas, queriéndole otorgar a este centro de negocios un significado sagrado en la ciudad?

Me pregunto qué habría pasado si la torre de la catedral de Murcia, como la Giralda, tuviera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Me pregunto cómo habría reaccionado el ayuntamiento de mi ciudad si el Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco hubiera amenazado con incluir la ciudad de Murcia en su lista negra, como pretendía hacer con la ciudad de Sevilla cuando, ajena a las advertencias de la Unesco, decidió continuar con la construcción de la Torre Pelli en la Cartuja. Quizá solo tenga que recurrir a la Historia y recordar la destrucción de los Baños árabes de la Calle Madre de Dios a principios de los años cincuenta del siglo pasado (reconocidos ya entonces como Bien de Interés Cultural) para construir la Gran Vía en Murcia. Entonces las voces críticas con la destrucción de nuestro patrimonio no entendían el progreso. Ahora los expertos de la Unesco tampoco lo entenderían.

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