Reflexiones en torno a la propiedad intelectual (1as)

Como bien afirma el Tratado de la OMPI, la propiedad intelectual constituye un elemento esencial en el proceso de desarrollo de un país. De este modo -continúa el Tratado- la experiencia ha demostrado que el enriquecimiento del patrimonio cultural de una nación depende directamente del nivel de protección a las obras literarias y artísticas, así como que cuanto mayor es el número de creaciones intelectuales de un país, mayor es el número de intérpretes, productores de fonogramas, etc. Razonable.

Así pues, uno de los principios fundamentales y fundacionales de las leyes de propiedad intelectual internacionales es proteger eficazmente los derechos morales y patrimoniales de los autores y, por ende, la creación cultural y las industrias culturales.

Sin embargo, el excesivo celo de los legisladores de la ley de propiedad intelectual en lo que a los derechos patrimoniales del autor se refiere, al menos la española, los malentendidos que se crean en torno a una Ley farragosa de difícil entendimiento para la sociedad y muy mal noticiada por los medios de comunicación y los excesos que las sociedades de gestión colectiva están cometiendo en sus funciones principales están revertiendo muy perjudicialmente sobre esa protección a la propiedad intelectual que fundamentaba la ley: la protección a la creación y a los creadores.

Porque ¿acaso no es un exceso excluir al alumnado en los límites a la enseñanza del artículo 32.2 de la LPI? ¿Acaso no es injusto, ante la incapacidad de encontrar una mejor y necesaria solución, que el canon se pague con los presupuestos generales del Estado? ¿Acaso un artículo como el 38 de la LPI, el cual exime a la administración y a las confesiones religiosas de obtener autorización de los titulares de derechos de obras musicales en actos oficiales y religiosos y cuyos antecedentes se sitúan directamente en un reglamento del año 1880 no ha quedado ya obsoleto en el siglo XXI? ¿Acaso las sociedades de gestión colectiva no deberían contemplar entre sus funciones no solamente las de proteger los derechos patrimoniales de los autores, sino también sus derechos morales y, sobre todo, proteger la imagen depauperada que la propiedad intelectual está adquiriendo en la sociedad?

Si bien es cierto que la piratería y la copia privada están modificando muy notablemente el sistema de propiedad intelectual que hasta ahora conocíamos, todos sabemos que esto no es más que un síntoma de un cambio de paradigma en el que la revolución digital, y  la dificultad de las industrias culturales –y podríamos decir también de la legislación– a adaptarse a este cambio juegan un papel primordial. Si a este cambio de paradigma le sumamos las malas prácticas en la gestión de la propiedad intelectual, no me resulta difícil pensar que dentro de unos años la función por la que nació la propiedad intelectual pierda utilidad. ¿Cómo solucionarlo?

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